145543429308476 Club Deportivo Más Vale Prevenir

jueves, 14 de marzo de 2019

El saber hacer con los niños

el saber hacer con los niños

El educador tiene que recordar su infancia y asumirla desde la nueva perspectiva que le otorga su experiencia.

Convertirse en el adulto que esperaba encontrar en cada uno de los que conoció entonces, y si tuvo suerte, asemejar sus actuaciones a las de aquel educador que recuerda con cariño.

Así tendrá una referencia segura para acercarse a los niños y las niñas y representar su papel, jugar a ser "el mayor", pero asumiendo su rol muy en serio.

Siempre se deberá tener presente que los niños y las niñas esperan:

Espontaneidad y naturalidad en el trato.

  • Observación atenta de lo que les interesa, gratifica, preocupa o produce tensión.
  • Reflexión personal y en equipo por parte de los educadores, para incorporar modos de actuación que favorezcan la seguridad y naturalidad.
  • Complicidad, que significa comprender lo que les ocurre para atenderles, así como permitirles que favorezcan la seguridad y naturalidad.

Valoración en sus cambios de comportamiento

Como conquistas personales, de cada una de sus identidades, para adquirir una idea positiva de sus posibilidades.

Rituales en torno a las rutinas o actividades habituales

Por ejemplo, saludar por la mañana a cada niño de una manera especial (con un ripio con su nombre); encender una vela y oscurecer un poco la luz para contar un cuento; cantar canciones inventadas para cambiar de actividad, para recoger los juegos o alistarse para la salida.

Entre los principales intereses que tiene el educador estarían:

  • Eludir las situaciones de confrontación que conducen a una imposición para poner límites.

Para conseguir algo de los niños es mejor un tratamiento indirecto, a modo de juego.

  • Evitar la actuación enfrentada de deseos.
Del tipo: "yo quiero", "pues no lo vas a hacer". En su lugar el mensaje debe ser: "Vamos a hacer" "Te ayudo de esta forma o de esta otra?".

Por ejemplo, si es la hora de dormir el adulto no puede preguntar ¿quieres dormir?, porque sabe que posiblemente la respuesta sea "no", lo cual requerirá de una imposición por su parte. Por el contrario, cuando llegue la hora de acostarse, el adulto recordará:

"Es la hora de ir a la cama, ¿prefieres que te cuente un cuento o que te cante una canción?"

  • Superar la idea de que "no se puede con tal niño".
No se deberá predisponerse con la idea de que existen ciertos niños que no pueden ser controlados, asumiendo con ello una actitud menospreciante.

Siempre se deberá tener presente que cada niño es un individuo, con sus diferencias de tiempos de aprendizaje y atención. Por ello nunca se deberá distinguir entre el grupo y menos transmitir esta diferencia mediante comparaciones.

  • Reconducir sin estridencias los comportamientos infantiles.
Cuando existe un comportamiento hostil y de falta de atención, por parte de ciertos niños y niñas, se deberá reconducir para involucrar de manera activa a aquellos niños y niñas que busquen llamar la atención evadiendo las tareas que se han marcado.

Las normas y el contexto de su cumplimiento tienen que guardar consistencia y no depender de situaciones ajenas (estados de ánimo del adulto, escasez de tiempo para realizar algunas actividades, etc.).

Los mensajes asociados a estas normas pueden ser: "¡Qué alegría estar al lado de ...!"

Envitando imprecisiones o generalizaciones del tipo: "¡Qué bueno/malo eres!" "Qué bien" o "Qué mal".


jueves, 7 de marzo de 2019

El saber estar con los niños y las niñas

el saber estar con los niños y las niñas


¿Cómo debemos comportarnos con los niños y niñas?

La diferencia de tamaño: los pequeños sólo ven piernas, esto se puede compensar con una actitud cercana y agachándose (hay que adoptar una buena postura y cuidarse la espalda).

Agacharse para facilitar verles y que vean de frente: facilita la comunicación a través de gestos y expresiones.

Controlar los gestos con las manos y brazos: para evitar sorpresas y sustos estos gestos tienen que ser pausados y suaves.

Quedarse en un lugar determinado: para facilitar que puedan recurrir a menudo a él, mientras se controla y establece un mensaje de seguridad a los pequeños, o acercarse a mirar a los pequeños.

No centrarse en un solo grupo o dejarse acaparar la atención: pueden ser intercambios de miradas; decir su nombre con cariño o recordándoles lo que les gusta; los roces cariñosos al pasar por su lado.

Muchas conductas disruptivas están originadas por la necesidad de llamar la atención.

Esto implica un difícil equilibrio profesional que deberá considerar el educador, al tener que repartir su atención entre todos y cada uno de los miembros del grupo.

La aceptación de la espera y del reparto de atención se consigue transmitiendo a los niños la seguridad de que van a ser atendidas sus demandas.

Una de las principales estrategias, para desarrollar una atención individualizada, es el contacto físico: caricias, roces, sonrisas...

Los pequeños necesitan de esta comunicación para sentirse sujetos con identidad propia dentro de un grupo de iguales, con ello se sentirán aceptados y valorados por el educador.

Existen dos estrategias fundamentales para disuadir a los niños:

  • Desviar la atención señalando algo, lo que permite acudir si es necesario.
  • Distraerles y/o centrarles mediante la incorporación de nuevos elementos, para que fijen su atención en ellos.

jueves, 28 de febrero de 2019

¿Deben los niños y niñas mancharse?

autonomia infantil

Nuestra actual sociedad favorece la sobreprotección de los niños y niñas, pero como verás ofrecerles autonomía es necesario para una formación personal plena.

La autonomía que se le otorgue, siempre dentro de los límites razonables y legales para evitar riesgos.

Crecer con autonomía, la que vaya permitiendo su desarrollo y maduración, es un requisito imprescindible para que comprueben pronto que cualquier acción tiene sus consecuencias.

Cuando el educador o educadora entiende que hay que evitar las consecuencias de sus acciones: evitar que se caiga (que no corra, que no ande, que no suba y baje escaleras), que se roce las rodillas (pantalones largos, suelos protegidos), que derrame un líquido (vasos tentetiesos, manteles plastificados) tiene resultados muy negativos posteriormente por no haber permitido adquirir la conciencia de riesgo.

El papel adecuado y regulador del educador es el de limitar los riesgos pero no evitarlos todos, hay riesgos físicos "medidos" que deben afrontar desde sus primeros movimientos y cuando se desplazan andando.

Hay otros que pertenecen a contextos de higiene tienen que mancharse las manos, aunque luego haya que aprender a lavárselas (en lugar de ofrecerles ceras que no manchan, arcilla blanca que no se pega a las manos, tijeras que no cortan, los patios están cubiertos de cemento y el arenero no se lleva agua).

En el juego, tanto una como otra van a depender de la orientación del adulto que las posibilita. Es el educador quién determina el nivel de autonomía que se ofrecen en el juego infantil.

En todo juego hay que posibilitar un margen de riesgo protegido que les permita experiencias de autonomía y de "conflicto" personal sobre el hacer o no hacer, hacer así o de otra forma.

Un niño sin experiencias de hacerse daño en la rodilla, de haberse manchado las manos habitualmente en los juegos de patio o en las actividades de plástica; que no haya derramado un vaso con agua o no haya roto algún objeto "rompible", como las páginas de un cuento, está privado de la noción del riesgo como consecuencia de su acción.

Conviene reflexionar sobre estas experiencias, que pueden resultar escandalosas cómo son propuestas, para ajustarlas a un tratamiento equilibrado y consciente por parte del educador y de la familia, con quienes es necesario compartir las diferentes orientaciones.

Otros se refieren al cuidado del entorno y al valor de lo que les rodea, que por supuesto hay que mostrarles que se debe cuidar el entorno, para que sientan una sensibilidad por éste y una posterior valoración y respeto. Son las experiencias por ejemplo con el agua en los aseos: salpicarla o inundar-mojar el suelo.

Los grifos son inasequibles o se les deja creer que están solos, lo mismo que aquello del ojo de Dios que todo lo ve y que controla desde fuera las acciones de los eternos inmaduros adultos, a los niños se les hace creer que el educador siempre ve lo que están haciendo para controlarlos.

Hay que subrayar, para una comprensión ajustada sobre este apartado, que no se está preconizando que se hagan daño, se ensucien y rompan y destrocen.

Esto nos colocaría en una postura educativa absurda. Lo que desde aquí se realza es la conveniencia de que los niños y niñas experimenten los riesgos medidos y consecuencias protegidas de sus acciones.

Antes de los 3 años cuando el dolor de caerse hace que sientan un dolor limitado pero que como asusta tanto, más adelante les ayude a poner los medios para no hacérselo ni a sí mismo ni a los demás.

El objetivo es favorecer una identidad consciente a través de comprobar las consecuencias de sus acciones.